Reflexiones de un profesor en Semana Santa

El discurso cristiano se ha transformado con la evolución de la sociedad. ¿Cómo se relaciona esto con la educación religiosa escolar y el paradigma educativo actual? Primera reflexión:...

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El discurso cristiano se ha transformado con la evolución de la sociedad. ¿Cómo se relaciona esto con la educación religiosa escolar y el paradigma educativo actual?

Primera reflexión: la transformación de la doctrina cristiana

Culmina una de las celebraciones religiosas más importantes para el mundo cristiano que es, a la vez, una semana de vacaciones, esparcimiento y reencuentro por muchos esperada por el impacto que tiene en la dinamización de la economía regional. También tiene sus implicaciones en términos de un tercer pico pandémico que desde ya se anuncia.

Para quienes transitamos por el campo de la educación es una oportunidad para hacer varias reflexiones que se relacionan con el conocimiento, con la formación y con la revisión de la vigencia de los postulados de los actuales paradigmas educativos, en general, y de la educación religiosa, en particular.

Un pregunta inevitable para quien hace una lectura de la Biblia no solo con los ojos de la fe sino con los utensilios de la razón es: ¿cómo ha tenido lugar una metamorfosis tan grande en la religión cristiana para transitar desde el discurso original de Jesús, recogido por los apóstoles en los evangelios, hasta el que se predica en la actualidad desde púlpitos y otros escenarios de culto?

En efecto, en lo esencial, Jesús predicó la igualdad de todos los hombres ante Dios y el amor al prójimo, aun a los enemigos, lo que implicaba cultivar la humildad y el perdón; predicó también que la salvación del alma dependía de la fe y de las buenas acciones de cada persona.

¿Cómo llegó este discurso tan transformado a nuestros días, cuando una radicalización de la ética individual ha hecho olvidar los beneficios evolutivos de la solidaridad? Y cómo se transformó en una teología de la opulencia, la prosperidad y el éxito económico?

Segunda reflexión: la historia humana de Dios

Reza Aslán, autor e investigador de las religiones, aporta un muy bien documentado expediente de cómo ha surgido y evolucionado la religión a través de asignarle a un ser supremo las características, cualidades y defectos humanos: el amor, la solidaridad y la compasión y a la vez el egoísmo, la codicia y la violencia. Hemos modelado a Dios a nuestra imagen y semejanza y hemos hecho del cielo el espejo de la Tierra.

La configuración política se ha reflejado en el escenario celestial; cuando las poblaciones de pastores y agricultores gobernaban en asambleas democráticas tenían un panteón de dioses democráticos. Cuando se agruparon y formaron imperios, se pasó a la necesidad de un dios supremo que gobernaba a los demás. Esto se denomina “politicomorfismo” o divinización de la política terrenal, que es una de las características fundamentales de los actuales sistemas religiosos.

El pueblo hebreo también pasó de una teocracia de los pastores como Abraham o Jacob a una monarquía de los reyes como David y Salomón y de un henoteismo, es decir, una religión con un Dios principal ( llamado “El”) y dioses subordinados (Asera, su consorte; Baal, dios de la tormenta; Anat, deidad guerrera; y Astarté, la misma diosa babilónica Ishtar) a una religión monoteísta con un Dios que ya no se limitaba a proveer sol, lluvia y sustento, sino también justicia a través de sus representantes en la Tierra.

Los bibliólogos como Aslán y otros demuestran que el Dios actual de la cristiandad es la simbiosis de dos dioses diferentes: “El”, a quien se referían como Dios, que pactó con Abraham, y Yahvé, a quien se referían como “el Señor”, deidad madianita con el cual pactó Moisés y a quien conoció a través su suegro Jehtro, sacerdote  de la tierra de Madián.

En sus tiempos, Jesús predicaba la palabra de su padre, Dios, a quien se refería indistintamente como El (¿Elí, por qué me has abandonado?) o como Yahvé, el Señor.

En su peregrinar evangelizador, Jesús no fundó como tal la religión cristiana, entre otras cosas porque desde el principio no hubo un cristianismo sino varios. Sus discípulos y Pablo de Tarso, quienes asumieron la tarea de divulgar su mensaje, podrían catalogarse como los primeros representantes de lo que se denomina el cristianismo primitivo conformado inicialmente por judeocristianos.

Y desde esa época ya había varias corrientes: gnósticos y eclesiásticos proclamaban la divinidad de Jesús, los ebionitas y la iglesia de Antioquía subrayaban su humanidad y los cristianos judíos le consideran un profeta y hacedor de milagros pero sin ser Dios.

Justino (100-165 d.C.) admitió que, si Dios era el logos, debía ser un Dios distinto del Dios de la creación; Pablo de Samosata, obispo de Antioquía (200- 275) dijo que Juan quería decir que el logos habitaba dentro de Jesús, no que fuera Jesús.

Marción, fundador de la Iglesia diteísta, reconocía la existencia de un verdadero Dios, ajeno al mundo, revelado por Jesús, opuesto al Demiurgo, dios creador judío al cual no aceptaba pues, decía, “el Yahvé del antiguo testamento es un guerrero cubierto de sangre que no tiene qué ver con el Dios de amor, el perdón, la paz y la misericordia”.

La fórmula de Marción de dos dioses cuestionaba a la autoridad eclesiástica incipiente, lo que le acarreó la expulsión de Roma. Esto quedó formulado de forma lapidaria por el Patriarca Ignacio de Antioquía: “un solo Dios un solo Obispo” y lo ratificó Clemente I, el tercer papa (Aslán lo identifica de manera errónea como el primero): “quien no agachare la cerviz ante su autoridad sería culpable de rebelión contra Dios y debería ser ejecutado”.

A finales del siglo segundo el cristianismo se había extendido a todo el Imperio Romano y algunos miembros de la corte se habían convertido. Roma emitió un edicto que prohibía nuevas conversiones y los cristianos fueron objeto de lo que se llamó la Gran Persecución del emperador Diocleciano, quien a la vez decidió dividir el imperio en una tetrarquía gobernada por dos parejas de emperadores, lo que degeneró en una guerra civil entre los aspirantes al Trono.

En el año 312, uno de ellos, Constantino, restableció el gobierno de un solo emperador y convocó en el 325 al Concilio de Nicea para zanjar las contradicciones sobre la unidad de Dios; esto lo hizo al advertir lo ventajoso que le resultaba desde el punto de vista político adoptar una religión monoteísta, como lo habían planteado Ignacio y los padres de la iglesia: “un solo Dios, un solo emperador”. Por no contribuir con este propósito fueron excluidos diteístas como Marción, así como quienes negaban la trinidad como el Obispo Arrio de Alejandría o aquellos que ponían en duda la divinidad de Jesucristo (Iglesia de Antioquía y ebionitas).

A pesar de este esfuerzo unificador, la iglesia se ha venido escindiendo: primero con el Gran Cisma de 1034 en Iglesia de Occidente e Iglesia Ortodoxa o de Oriente, y luego con la Reforma Luterana del siglo XVI que dio origen a las iglesias protestantes que, a su vez, se han subdividido en bautistas, luteranas, pentecostales, calvinistas, metodistas, testigos de jehová y decenas de otras denominaciones, además de movimientos más específicos (como la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, y la Iglesia de Cristo Científico, por mencionar algunas).

Adaptación del credo al discurso del desarrollo económico

Es sabido que Max Weber caracterizó la ética protestante como el “espíritu del capitalismo” en una visión idealizada de un tipo de capitalismo occidental al cual califica de “racional”, opuesto al capitalismo aventurero, irracional y especulativo propio de la conquista, la piratería o de otras versiones de capitalismo como el chino o el babilónico.

Un siglo después de la divulgación de las ideas de Weber, el desarrollo del capitalismo invalidó sus tesis, pues lo que precisamente se impuso fue la irracionalidad especulativa y política sobre el capitalismo “racional”.

Ya en época de Weber, de las enseñanzas de Jesús sobre el amor por el prójimo visto como hermano quedaba muy poco o casi nada, pues este discurso fue reemplazado por la ética individualista del espíritu capitalista según la cual la única obligación del cristiano era trabajar, producir, acumular capital y llevar una vida de austeridad.

Esta última característica, la austeridad, ha sido reemplazada hoy por la “responsabilidad de consumir” para mantener el sistema, lo cual, desde la perspectiva contemporánea, es agradable a los ojos del Dios de la Prosperidad y de la abundancia.

Werner Sombart, contemporáneo de Weber, planteó que la ética que subyace al espíritu del capitalismo, además de la protestante, es la de los judíos, a quienes algunos preceptos de su religión los habilitaban para prácticas que en la tradición estaban mal vistas, como la usura: “al extraño cobrarás interés, mas a tu hermano no se lo cobrarás” (Deut. 23,20).

El texto sagrado Sulhán Aruk concede licencia para hacer lo que estaba prohibido en el anterior texto Bara Mezia: se permite al tendero regalar a los niños golosinas para atraerlos y vender a precios más bajos y los comerciantes no podrán oponerse a ello. Para el judío del siglo XVI estaba claro que Dios quería la libertad de comercio y superar la ética tradicional, que atrofiaba la expansión del desarrollo capitalista.

Tercera reflexión: sobre la educación religiosa

La Constitución Nacional de 1991 declara que el Estado colombiano es laico, modificando la de 1886 que lo declaraba confesional católico. Sin embargo, el Estado no se declara ateo y debe brindar apoyo a todas las iglesias y confesiones, respetando la libertad de culto y que ninguna persona sea obligada a recibir educación religiosa, también en desarrollo de la Ley 133 de 1994.

La Ley 115 establece la enseñanza religiosa como una de las áreas obligatorias; obligatoriedad que queda en entredicho en el artículo 24, que la establece como un derecho pero dentro de la libertad de cultos y sin perjuicio del precepto constitucional de que “ninguna persona puede ser obligada a recibir educación religiosa”.

A pesar de estas normas, y de las sentencias C27/93, C88/94 y C-555/94 de la Corte, el Gobierno Nacional en 2004 delegó la formulación de los lineamientos curriculares de la enseñanza de la religión a la Conferencia Episcopal Colombiana, al mejor estilo de la Constitución de 1886.

Todas las religiones, con base en el marco legal y del respeto por la rica diversidad de las culturas, merecen respeto y tienen mucho que aportar en la formación humana. Por supuesto, la doctrina original de Jesús, como también la búsqueda de la igualdad y la justicia de las enseñanzas del Profeta Mahoma, o el conocimiento de sí y el vínculo con el universo del budismo y del taoísmo, son valores de la cultura y la historia universal que deben aprovecharse en los escenarios educativos.

En nuestra época de crisis éticas, culturales, ambientales y planetarias, muchas voces se levantan exigiendo una formación humana que retome cauces éticos que nos ayuden a recuperar la sensatez, la prudencia y la humildad que caracterizó a los grandes sabios de los diferentes credos.

Frente a los retos de la nueva era que se anuncia de un nuevo estadio de la Revolución Industrial, con sus promesas y peligros y con su propia versión del apocalipsis revestida de dictadura digital, los sistemas educativos están en la obligación de abordar el reto de una nueva formación ética y moral humana en una perspectiva amplia.

La enseñanza desde unos estándares que son más bien “preceptos de catequización católica” no permiten ver la riqueza de los diversos credos y su desarrollo histórico que muestran la epopeya del ser humano en busca de sentido y trascendencia.

Al sistema educativo le corresponde enseñar la mirada crítica, universal y ecuménica que permita a cada estudiante conocer, entender y, por qué no, amar a los otros, como lo promovieron Jesús y otros grandes sabios y maestros. No le corresponde confundir el papel crítico y formativo de la educación con el rol evangelizador de las iglesias.

 

 

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